
Mari CarmenCarmen,
Carmela,
Carmina,
Mamen,Menchu,
Karmentxu,Carmelo
Kamen,Maica,
Macamen,Mamenchu...Muchas felicidades
"Pensar por libre" es el título de la sección de "Mundo Cristiano" que lleva mi firma desde 1992. Desde entonces he tratado de escribir siempre con sentido sobrenatural, con sentido común y, cuando las musas me ayudaron, también con sentido del humor.
Nadie discute ya que Pasión Vega es una de las tres o cuatro voces más poderosas y templadas de la música española. El año pasado oí por primera vez esta canción, que me presto Pascalle, mientras viajaba en coche de Bilbao a Madrid. Me gustó tanto que la fui repitiendo y repitiendo hasta aprenderme de memoria la letra y la música.
Es un sencillo poema de amor, que habla de Dios desde el primero al último verso; un Dios imposible de olvidar, aunque a veces no le entendamos.
Esta mañana Pedro me ha enviado este video: "es una pena que no tenga más imágenes", me dice; pero a mí me gusta así. Esos dos corazones azules y hasta el nombre de la cantante incluyen una dedicatoria.
Una persona amiga la entenderá.
Hasta hace unos días eran alumnas de bachillerato. Ahora tienen 17 años y acaban de aprobar la selectividad. Van juntas por la acera de la calle Lagasca y hablan las dos a la vez sin dejar de reírse ni un solo instante. Yo estoy aparcando el coche y pasan a mi lado. Me dirijo desde la ventanilla a la que tengo más cerca:
—Hola, Patricia…
La presunta Patricia, que desde luego no se llama así, da un bote sobre el terreno.
—¡Qué susto! ¡Don Enrique!
Salgo del coche. Su acompañante —la llamaremos Cristina— sonríe vagamente y empieza a maniobrar con el vestido. La verdad es que la mini que lleva es tan mini, tan mini, tan airosa y ventilada, que la pobre chica se encuentra incómoda en presencia del cura de su cole.
Les pregunto por las notas, por lo que van a hacer en septiembre y cosas así. Se ha levantado una ligera brisa que perturba aún más a la niña en cuestión. Yo procuro fingir que no me entero y les recomiendo un par de libros para el verano. Entre tanto, Cristina estira y estira la falda sin el menor éxito. Al fin, decido afrontar el tema:
—No te esfuerces, Cristina. La falda no es de goma y si la rompes, el espectáculo será peor. Además llevas el vestido adecuado para que nadie se fije en esos ojos azules tan bonitos que tienes. Y es una pena.
Patricia se ríe. Cristina ni siquiera se pone colorada.Sí, yo creo que se parece un poco

Con la llegada del verano los periódicos mejoran considerablemente. Tal vez sea por el celo profesional de los becarios que ocupan las redacciones o quizá porque los políticos se van de vacaciones y nos dejan en paz. El caso es que en los meses de julio y agosto, da gusto leer la prensa: hay magníficos reportajes sobre la migración de la "grulla damisela", artículos de fondo sobre el deshielo del Ártico y montones de estudios científicos de notable interés, que habitualmente sólo encuentran cabida en las revistas especializadas.
Ayer precisamente, en la sección de "Medicina y Sanidad" de un prestigioso diario nacional, podía leerse la siguiente información que todos deberían conocer y meditar. (Las notas a pie de página son del famoso psicólogo Heinz Kloster, naturalmente).
Decir palabrotas reduce el dolor que sentimos cuando nos caemos o nos golpeamos, según una investigación realizada por la Universidad de Keele (Reino Unido). (1)
El estudio, que publica hoy la revista "NeuroReport", concluye que emplear los términos malsonantes del lenguaje alarga en un 50% (2) el tiempo que podemos soportar el dolor. El director de la investigación fue el profesor de Psicología de esta Universidad Richard Stephens, quien explica que tuvo la idea de estudiar esta conexión cuando accidentalmente se golpeó un dedo con un martillo al construir un cobertizo. (3)
Stephens pidió a 64 estudiantes voluntarios que metieran una de sus manos en una cuba con agua helada y que resistieran lo más posible mientras repetían una misma palabrota de su elección. (4) Después, les pidió que repitieran el experimento, pero esta vez utilizando una palabra común con la que describirían una mesa. El resultado fue que los estudiantes resistían una media de 2 minutos cuando empleaban términos ofensivos, indecentes o groseros, y una media de un minuto y quince segundos cuando no lo hacían. (5)
El estudio admite que no queda claro el cómo o el porqué de la existencia de este vínculo, pero sugiere que el efecto de reducción de la sensación de dolor tiene que ver con que las palabras gruesas desatan lo que denominan "la reacción natural lucha-huida"(6). Stephens explica que el corazón se nos acelera cuando utilizamos un vocabulario malsonante, lo mismo que ocurre cuando nos encontramos en una situación de debilidad o de miedo y tratamos de reducir la sensación de amenaza para hacerle frente. Esta sería la razón por la que a lo largo de los siglos se ha creado en todos los idiomas un lenguaje paralelo de palabrotas, hasta completar diccionarios casi tan extensos los oficiales. El estudio de la Universidad de Keele también hace un ejercicio de pedagogía y advierte de que es importante no malgastar munición: "quien quiera utilizar este efecto de reducción del dolor en su beneficio debe limitar el uso de este lenguaje en el día a día". "Decir palabrotas es un lenguaje emocional, pero si se emplea exceso se pierde su vínculo emocional", concluye.(7)
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(1) Ya iba siendo hora de que las universidades europeas centrasen sus estudios en cuestiones realmente importantes, de hondo calado social. Las facultades de Psicología y Filología hispánica podrían organizar cursos de verano en el Escorial sobre este delicado tema interdisciplinar.
(2) Eso del 50% suena muy científico. Igualito que mi champú, que, según la etiqueta, protege de la seborrea un 65% más que los champús convencionales. Nada como el lenguaje matemático para decir majaderías impunemente.
(3) Actitud heroica la del doctor Stephens. Cualquier otro en su lugar habría pedido la baja por traumatismo digital agudo. Él, en cambio, pensó inmediatamente en la trascendencia científica del martillazo y se puso manos a la obra. O sea, como Newton, que gracias a un manzanazo creó la ley de la gravitación universal.
(4) Lástima que el experimento se realizara en el Reino Unido y en inglés. En España los científicos podrían haber sacado muchas más conclusiones, ya que la riqueza imprecatoria del castellano es infinitamente superior a la británica y, en consecuencia, se podría hacer definido qué tipo de tacos o palabrotas resultan más eficaces como analgésico.
(5) Hay que reprochar al doctor Stephens su actitud sesgadamente laicista. Hay un 3% de estudiantes británicos que, cuando se golpean el dedo con un martillo, dicen una diversas jaculatorias según su credo religioso. ¿Por qué no se investiga los efectos terapéuticos de esta saludable aunque minoritaria costumbre?
(6) ¡Precioso!: la “reacción lucha-huida” es una expresión suficientemente confusa como para rematar gloriosamente cualquier estudio científico.
(7) En efecto. Yo mismo lo escribí hace años: el taco oportuno es lírica pura; el taco superfluo es sólo mugre para tartamudos mentales.
Don Antonio, ilustre sevillano, nunca se queja del calor. Hoy sin embargo le he visto flaquear ante el bochorno inmisericorde que padecemos en Madrid.
-Enhorabuena -me dice-.
-¿Por qué?
-Hay una buena noticia: la temperatura va a bajar.
-¿Cómo lo sabes?
-Es imposible que suba más.
Le recordé el principio fundamental de la ley de Murphy: no hay situación tan desesperada que no sea susceptible de empeorar.
Hoy es San Enrique, soberano de Alemania, el único emperador canonizado por la Iglesia. Fue educado por San Wolfgang y casó con Cunegunda, que a pesar del nombrecito también era santa.
Muchas felicidades a todos los Enriques y Enriquetas. Yo me doy por felicitado a pesar de que en mi tierra siempre hemos celebrado más los cumpleaños que los santos. Hay que tener en cuenta que los vascos fuimos los últimos evangelizados de Iberia y todavía somos algo más paganos que los demás.
Creo que hoy no pondré una línea más. En Madrid hemos superado los 38 grados. Demasiado para un esquimal como yo.

El Presidente Obama aseguró que leería la última encíclica del Papa durante el vuelo Roma-Ghana.
No me ha sorprendido la majadería. Lo que me asombra es no oír el eco de las carcajadas.
No, señor Presidente. Algunas cosas no pueden leerse en diagonal. Kloster, que es sólo un poco menos listo, lleva 4 días con la encíclica y, cuando termine, volverá a empezar para meditarla despacio.

Escribo desde la Capellanía de "Besana", un colegio del barrio popular de "Pueblo Nuevo" con más de cuarenta años de historia, nacido en la periferia de Madrid por iniciativa de San Josemaría Escrivá.
Sólo he venido a Besana en dos ocasiones, y las dos para predicar un retiro en pleno verano. Hoy, como la primera vez, la capilla del Colegio estaba abarrotada de mujeres y de abanicos.He predicado ya la primera meditación y no he dejado de pensar mientras hablaba que todo esto es un milagro: la existencia de Besana y las 60 ó 70 mujeres de todas las edades que "desperdician" la mañana de un domingo caluroso de julio para hablar con Dios y escuchar a un sacerdote.
Tenía que haber hablado de "vida sobrenatural", pero me he liado... Me he ido por las ramas del hayedo de la Tejera negra y por los abetales del pirineo navarro, para concluir que es preciso aprender a contemplar la belleza y mirar al mundo y a las personas que nos rodean con la mirada de Dios.
Mientras tanto los abanicos parecían pájaros a punto de emprender el vuelo.
Termino. Son casi las 11 y debo comenzar la segunda meditación.

—¿Qué puedo leer este verano?
No soy amigo de recomendar libros, salvo los de lectura espiritual. Uno es mal crítico literario y tiende a hablar con entusiasmo de lo que han escrito sus amigos y también de las novelas, poemarios, ensayos o biografías con las que he sintonizado sin saber muy bien por qué. Por eso, cuando me piden consejo sobre lecturas, suelo responder con una pregunta:
—¿Qué libros te han gustado últimamente?
Y según cuál sea la respuesta procuro recomendar algo parecido a ser posible elevando un poco el listón de la calidad.
Hoy haré una excepción. Esto es lo que he recomendado a una amiga de 25 o 40 años, o sea, una chiquilla, buena profesional y llena de inquietudes:
—¿Este verano? Una vida de Jesucristo que te enseñe a entender el evangelio; que esté escrita con rigor y con pasión; que mueva a la piedad y que conmueva. Por ejemplo, la de Francisco Fernández Carvajal, que editó “Palabra”, la de Pedro Antonio Urbina, editada por Rialp, o la de Martín Descalzo, que es, a mi juicio, una obra maestra. Es la más larga de y fue editada por “Sígueme”. Además podrías leer una encíclica de Benedicto XVI. Te recomiendo la Spe Salvi, que es probablemente la más personal y también la más sencilla…
—¿Y una buena novela?
—Eso ya es más complicado. Prueba a ver con las de María Gudín: “la reina sin nombre” y la que acaba de editar, “Hijos de un rey godo”. Son novelas históricas que recrean con rigor y buen pulso una época poco conocida de la historia de España. Creo que son de Ediciones B.
… … …
Y si alguien tiene otras sugerencias, las espero en forma de comentarios. Yo también necesito leer algo que no sea un best-seller este verano.
Me ha mandado un e-mail el propio San Fermín para decirme que está un poco molesto por el comentario sobre los encierros que puse hace unos días en el blog.
Le he contestado que no tengo nada contra su fiesta, a pesar de los pesares. Y como desagravio, le he enviado esta jota:
Por cierto, dentro de un rato bautizaré a Carmen la hija de Bernardo, que es visitante y comentarista asiduo del blog. Hasta ahora sólo he visto una foto y es tan guapa como su madre.

Tiene 94 años. A juzgar por las fotos, sigue fumando, a no ser que el pitillo con el que siempre se retrata sea tan falso como algunos pasajes de su tenebrosa biografía. Nunca ha sido santo de mi devoción. Es más, cuando aparece su imagen procuro apartar la vista; pero hoy, al verla de nuevo en un diario digital, pienso que tal vez Dios nuestro Señor le ha concedido una vida larga para que tenga tiempo de hacer balance, de pedir perdón, de rectificar.
Lo malo es que no le dejan: todavía le entrevistan, le hacen homenajes, le jalean sus desatinos seniles. Por eso ha dicho en una radio que “el Papa en su última encíclica copia a Marx” y que es un “demagogo”. ¡Qué bien se lo pasaba la joven entrevistadora oyendo las estupideces del anciano!
Dejadle descansar. Pobre viejo.
En plena calle Serrano, entre zanjas, grúas, martillos neumáticos y polvo, junto a la librería Troas, apareció Carmen con su hija Ana de 8 años. La niña llevaba en la mano un pájaro negro herido, y, como mis aficiones ornitológicas son ya de dominio público, me interpelaron en busca de un remedio.
—¿Qué le ha pasado?
—Se ha dado un golpe contra el cristal de un escaparate.
Ana me miró compungida:
—No puede volar. ¿Se va a morir?
Y para que comprobara la gravedad de la lesión, dejó el pájaro en el suelo. El animal se agitaba con movimientos velocísimos y movía las alas, pero nada…
—¿Qué le pasa?
—Le pasa que es un vencejo precioso, y los vencejos tienen unas patitas muy cortas y unas alas muy largas. Por eso nunca se posan en tierra. Si lo hicieran, no podrían despegar. Ellos se cuelgan en paredes verticales, en las fachadas de las casas y sitios así. Luego, se dejan caer y salen volando. ¿Comprobamos si funciona?
Agarré el pájaro del suelo con mucho cuidado. Algo me hizo pensar que la demostración no tendría éxito aunque aparentemente no tenía ninguna herida. Levanté el brazo a la altura de mi cabeza, abrí la mano y el vencejo salió volando como una flecha ante el asombro de la niña.
—¡Andaaa…!
El viaje duró poco. Unos metros más adelante cayó en picado como una piedra en medio de las zanjas municipales.
—¿Se ha muerto? ¿Qué hacemos ahora?
—Lavarnos las manos.
Carmen y la niña entraron en una cafetería en busca de un lavabo y yo en la librería Troas para ver si tenían ya la encíclica del Papa. Me dijeron que aún no, que mañana.
Si no hiciese tanto calor tal vez sacaría una moraleja de esta extraña parábola veraniega sobre la muerte de un viajante; pero ya os dije que no esperéis nada de mí hasta septiembre.
Estaban así, como aparecen en la fotografía que yo mismo tomé ayer nada más regresar de Riaza. Más que abandonados, parecían expuestos al público que pasaba por la acera, a pocos metros del portal de mi casa. Me acerqué a ellos con cierto temor y los observé detenidamente. No eran zapatos-bomba ni zapatófonos de espía, ni ocultaban una videocámara para grabar mis movimientos. Estaban usados, desde luego, pero no viejos ni inservibles. Los cordones aparecían limpios y las suelas tenían pocos kilómetros en su haber.
Eran pequeños como los zapatos de cristal de Cenicienta. De mujer, desde luego, y habían recibido recientemente un cepillado y algo más.
—No durarán mucho —me dijo Kloster—. La crisis no permite estos despilfarros. Ya verás cómo se los lleva alguien antes de un minuto.
Lo miré con lástima:
—Amigo Kloster; no comprendes nada. Detrás de estos zapatos hay una historia; quizá de amor. Lo importante es saber qué pretendía decirnos la chica que colocó aquí estos zapatos; y por qué lloraba.
—¿Y quién te ha dicho que lloraba?
—Claro que, a lo mejor, se trata de una pista, de una prueba fundamental para el esclarecimiento de un crimen. Deberíamos entregarlos a la policía.
—Me parece que el calor te está alterando las meninges, querido colega. Necesitas una ducha fría.
—No sé. Tal vez es sólo una metáfora, una parábola urbana, un mensaje que alguien me envía, un poema perdido… ¿No comprendes?
Después de la ducha me encontré mucho mejor.
Al regresar del Hayedo de la Tejera Negra, comienza a atardecer sobre la montaña. Yo apenas he tenido tiempo de disfrutar del espectáculo y sólo he visto un par de aves interesantes. Hace frío; sí, frío auténtico, y la humedad del bosque se me ha incrustado en los huesos.
Ya en casa, pongo la tele y veo a Cristiano Ronaldo vestido de blanco con ochenta mil amigos vociferantes en el Estadio Bernabeu. En “Antena 3”, lo mismo. Y también en “Intereconomía”, en “teledeporte”, en “Telecinco”, en “Veo…” Seguro que cuando venga el Papa el próximo verano habrá una cobertura mediática semejante.
Los de "La sexta" no están. Ésos van a lo suyo: en dos minutos, insultan a un cardenal, sueltan tres irreverencias y escupen una blasfemia entre las risotadas de un público dócil. Por fin en “la Uno” cambian de tema: anuncian para mañana el “funeral” de Michael Jackson. Lo pongo entre comillas, porque el diccionario y yo entendemos que un funeral es otra cosa. Dicen que será el programa de televisión más visto de la historia; por delante, incluso, de la ceremonia que inauguró la Olimpiada en Pekín.
Apago la tele y trato de hacer examen de conciencia con poco éxito. Doy gracias a Dios por el milagro verde del bosque, por la belleza del paisaje y por la melodía que improvisó la brisa en lo alto de las hayas con el contrapunto del canto de un pájaro. También por el silencio.
Estoy solo en un pequeño oratorio que linda con mi habitación. Dentro de unos minutos predicaré la última meditación de la Convivencia sobre la Santísima Virgen. Mientras me preparo, caigo en la cuenta de que hoy es San Fermín. Me alegro por los pamploneses.
Volveré a Madrid con pocas ganas de asfalto. Además he perdido la tarjeta del parquímetro.
En verano la publicidad se hunde, los periódicos adelgazan y la red se queda vacía: las webs navegan sin dueño ni visitantes. Yo soy el blog que clama en el desierto.
Con la llegada del mes de julio, doy por concluida la sección fija publicitaria, y quizá algo más.
Hoy visitaré el hayedo de la Tejera Negra, que está esplendoroso como nunca, y mañana volveré a Madrid. Seguiré escribiendo, pero no esperéis gran cosa de mí mientras dure la canícula.

Jesús recibió muchos títulos a lo largo de su vida: lo llamaron “Rey de los judíos”, “Hijo de Dios”, “Maestro”, "Cristo", "Mesías"… Él prefería hablar de sí mismo como "hijo de hombre” aludiendo a una vieja profecía del libro de Daniel; pero, cuando regresó su pueblo, alguien lo miró con desprecio y trató de ponerlo en su sitio:
—¿No es ése el carpintero, el hijo de María…? Amigo, no presumas de sabio. Por ahí fuera puedes dártelas de persona importante y hacer milagros, pero aquí sabemos quién eres. Cuando mueras, nos encantará contar que fuiste una gloria del pueblo, que triunfaste en todo Israel, que te llamaban Rabbí. No te apures, pondremos tu nombre a una calle o incluso a la plaza mayor; haremos folletos para el turismo; pero mientras tanto, no eres nadie, ¿me entiendes? El carpintero y gracias.
A Jesús le gustó que le recordaran su oficio, el que ejerció durante años, primero como aprendiz de José y luego como maestro; pero no pudo hacer ningún milagro en su tierra, porque a los aldeanos de Nazaret les faltaba fe. Creían conocer a Jesús, y sólo fueron capaces de ver a un carpintero.
—A un profeta sólo lo desprecian en su propia tierra.
Quizá nosotros nos parecemos algo a aquellos palurdos de Nazaret. También sabemos mucho sobre Jesús; todas sus palabras nos suenan a conocidas; la Iglesia es nuestra familia. Recitamos docenas de oraciones de memoria. Hemos repasado cien veces cada uno de sus milagros, cada gesto del Señor. Ya no nos emociona verlo resucitar muertos ni aplacar tempestades. Sus palabras, ¡ay de mí!, en ocasiones incluso nos hacen bostezar.
Hoy, domingo, pido al Señor que venga “desde lejos” como si fuera la primera vez; que me borre de la memoria todo lo que creo saber sobre Él; que me conmueva con la fuerza de sus palabras recién estrenadas; que me incendie el alma; que me arrastre sin contemplaciones; que cure mis heridas, que son tantas; que nos enseñe -a todos- a ver en sus manos de carpintero las manos poderosas de Dios.
Con los prismáticos al cuello, por si algún pájaro se pone a tiro y una pequeña cámara de fotos, he salido a pasear por el pueblo y sus alrededores como todas las tardes.
En la papelería-librería-chuchería compro un mapa topográfico de Riaza y otro de Madriguera y su comarca. El tendero no tiene prisa y me enseña montones de productos que me pueden interesar, según él.
En la farmacia, aún recuerdan que hace veinte días compré un medicamento y me preguntan si me fue bien. Les digo que sí, que muchas gracias.
En la droguería, mi amiga Tini trata de venderme unos zapatos del 46, “porque usted gasta el mismo número que mi hijo”. A Tini la conocí hace más de veinticinco años, cuando trabajaba en el Albergue de Valdelafuente, y era una chavala. O sea, como ahora.
Junto al restaurante La Taurina, vienen a mi encuentro Maribel y…, ¿cómo se llama la otra? Son dos crías de nueve o diez años que han montado una tienda sobre una mesa de bar, en medio de la plaza. Venden pulseras de colores que fabrican con cuentas de plástico coloreado y alguna que otra chuchería. La tienda tiene un nombre que ellas mismas han escrito con un rotulador rojo: “las artesanitas”.
—¿Y pagáis impuestos al ayuntamiento?
Maribel se ríe a carcajadas.
—¿Y esta pulsera cuánto vale?
—Cincuenta céntimos…
—¿Con IVA?
Al fin logran venderme por un euro una pulsera “que es de chico y se lleva mucho”. Luego me quitan los prismáticos, "que molan mogollón, para mirar por los agujeros" y me piden que les saque una fotografía.
—Ni hablar —les digo—. Me tienen que dar permiso vuestros padres.
En la iglesia está Antonio, el párroco, que se prepara para celebrar la Santa Misa. Me cuenta todo lo que he hecho estos días. En Riaza, un cura grande y con prismáticos no pasa inadvertido.
Al fin veo un pájaro insólito: en un secarral cerca del pueblo, se levanta veloz del mismo camino lo que a primera vista parece una “ganga común”, ave desertícola y esteparia que, francamente, uno no espera ver por esta zona. Lo más probable es que mis amigos ornitólogos no me crean. Lo entiendo: a lo mejor ha sido una alucinación.
Regreso al Albergue y me pongo frente al ordenador. La verdad, no sé qué contar.

—Procure descansar, don Enrique.
Eso me dicen. Y, a continuación, me organizan el verano para que no me tome muy en serio esos buenos deseos.
Sin embargo creo que es posible compatibilizarlo todo. En el fondo no es tan difícil trabajar un poco y descansar de lo que realmente cansa. Yo, al menos, espero descansar
—del Ayuntamiento, de sus zanjas, y del estrépito de los martillos neumáticos que ya han trepanado bastante mis urbanos tímpanos.
—De las broncas radiofónicas y televisivas. Por favor, señores contertulios, tómense unas largas y reparadoras vacaciones; olvídense de interrumpirse los unos a los otros con el ingenio que les caracteriza; renuncien por unos meses a agitar las madrugadas de los automovilistas solitarios. En todo caso, aunque sigan ahí, conmigo no cuenten: yo descanso.
—De los democráticos insultos que se propinan los políticos; de las invectivas contra los árbitros, contra el gobierno o contra la oposición; contra los futbolistas del equipo contrario o del propio. Si alguna vez he insultado a alguien, aunque sea en voz baja, hago ahora el propósito de no volverlo a hacer. Más que nada porque cansa una barbaridad.
—De las disputas sobre meras palabras. Ya se lo dijo San Pablo a Timoteo: “no sirven para nada, y son catastróficas para los oyentes”.
—De la revistas y de los programas del corazón y otras vísceras. Es cierto que en verano suelen estar más activos que nunca y hacen su agosto en agosto explotando la estupidez estival. Pero hay que defenderse: si es necesario, tiremos la tele al mar para descansar un poco. Puede ser un buen pretexto el apagón analógico que nos anuncian.
—De los atascos y del tráfico; del lenguaje de los bocinazos que ponen incandescente mi vieja y entrañable úlcera de duodeno.
—Pero, sobre todo, procuraré descansar de lo que más agota: de la soberbia, la envidia, la codicia, la lujuria…, es decir, de los siete pecados capitales y de la reata de pecados provinciales que uno, por desgracia, va acumulando con los años. El egoísmo, que los resume todos, puede fatigar hasta la extenuación.
Gracias a Dios, el remedio está al alcance de cualquier fortuna: el Sacramento de la Penitencia. Una confesión personal, sincera, serena y profunda, puede ser tan saludable como el primer baño del verano. No hay mejor forma de ponerse a tono, de preparar el alma para descubrir que lo que realmente descansa no es la huida del trabajo, ni las caravanas hacia la costa, ni el tostadero de la playa, ni las siestas eternas, sino el cariño de la familia, el encuentro con los amigos, el diálogo con Dios y la generosidad con todos.
Jesús nos lo explicó muy bien en el Evangelio: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros, y encontraréis descanso para vuestras almas”.
¿Y vosotros?, ¿de qué pensáis descansar?

Hace unos días el diario ABC traía a la portada una insólita noticia. No es corriente que los periódicos hablen en primera página de poetas y poemas; pero, en esta ocasión destacaba que se ha descubierto en Puerto Rico un poema inédito de Juan Ramón Jiménez que estaba destinado a concluir su "Dios deseado y deseante". Al leerlo pensé copiarlo y comentarlo en el blog, pero me acordé enseguida de que tengo un amigo poeta. Y esperé: estaba seguro de que Enrique García-Máiquez diría algo. Esto es lo que escribió en el Diario de Sevilla.
"El domingo pasado fue el mundo al revés. Las portadas de los periódicos, contra lo acostumbrado, me consolaban de mi intimidad, que ha sido siempre mi cumplido consuelo. En la del Diario de Cádiz se recogía que los andaluces rechazan la nueva ley del aborto. ¿Será posible que los políticos aprueben una ley que el pueblo soberano repudia? La pregunta es retórica: es posible, pero la responsabilidad ya no cae en una mayoría silenciosa y, por tanto, aquiescente, sino en unos políticos empeñados no se sabe por qué demonios.
La segunda portada del domingo fue la del ABC. En ella, una foto de Juan Ramón Jiménez. Se ha encontrado en Puerto Rico un poema manuscrito suyo. Que los poetas salten a la primera plana de los periódicos, y no por un premio o una defunción, sino por un poema, oh, es una noticia excelente.
Como contra el aborto he hablado mucho, y hablaré más y como la poesía son palabras para cuando no hay palabras, centrémonos hoy en el poema. Según Rosa Bejarano y Joaquín Llansó, autores del hallazgo y de la edición crítica de Dios deseado y deseante, estaba destinado a cerrar la obra de JRJ.
Dice así: “Partimos de Dios/ en busca de Dios,/ sin saber qué buscamos.// El dios con minúscula,/ el dios bajo cielo,/ el cielo que es mar,/ sobre aire que es cielo,/ ¡entre aire y marcielo,/ y que es pleamar, y que es pleacielo!// El dios deseante,/ el dios deseado,/ —¡el dios deseado y deseante!—/ me trae este Dios,/ un dios Dios tan DIOS/ ¡un dios: DIOS, DIOS, DIOS!/ … que al cabo de todos los cabos,/ que al borde de todos los bordes/ un día encontramos.// Cada vez más suelto, y más desasido;/ cada vez más libre, más ¡y más! ¡y más!/ a una libertad de puertas de Dios./ Y entonces una puerta se abre… y ¡más libertad!// Estoy pasando la cuerda,/ la cuerda que Tú me has tendido,/ Dios mío, mi dios, ¡Dios mío!/ ¡Dios mío, no soples, Dios!// Siento la inminencia del dios Dios,/ del Dios con mayúscula,/ —el que nos enseñaron cuando niños/ y no aprendimos—./ ¡Dios se me cierne en apretura de aire!// Se me está viniendo Dios/ en inminencia de alma!/ ¡Se me está acercando Dios/ en inminencia de amor!/ ¡Se me está llegando Dios/ en inminencia de Dios!”
Me encantaría comentar el poema, pero no hace falta. Incluso con sus balbuceos místicos, es cristalino. Al poeta, que tanto había hablado de dios, hasta la mayúscula inicial se le queda pequeña y pone todo el nombre de Dios, de la D a la S, en letras capitales, y trino. Juan Ramón hizo el camino de la inmanencia a la inminencia de Dios y además volvió —sueño de todo poeta— a su niñez, al Dios que entonces le enseñaron. Buena manera (redonda, perfecta) de cerrar una obra y una vida."Enrique García-Máiquez
Diario de Sevilla